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Duodécima

Madre Admirable,

 tesoro de calma y de serenidad.

    Madre Admirable, el Espíritu Santo habita en Ti. Desde el primer instante de tu existencia Él tomó posesión de todo tu ser. Y puesto que este Espíritu divino es Espíritu de fuerza y de dulzura, de alegría y de paz, todo en Ti está misteriosamente impregnado de calma y de serenidad. En Ti no hay ningún alboroto. Todas tus facultades están en reposo; porque están bajo el dominio del Altísimo.

    Tu inteligencia está iluminada por la claridad de la Fe; tu voluntad se abandona al más mínimo querer de Dios; tus deseos se aquietan en el beneplácito divino; tu corazón vive donde vive tu Tesoro.

    De toda tu persona emana la serenidad de tu interior. ¡Oh Madre Admirable! ¡Cómo me gusta tu inclinada frente! Parece estar a la escucha del Verbo invisible. Verbo de vida que un día será tu Hijo. Me gustan tus ojos bajos, dirigidos hacia las realidades invisibles; tus labios cerrados, que sabrán un día pronunciar el 'fiat' de la salvación del mundo. Y tus manos abandonadas sobre tus faldas ¿no están ya llenas de bendiciones? ¡Oh manos compasivas y dulces! al contemplarlas mi corazón se siente arrebatado de santa alegría...

    ¡Oh Madre Admirable, tesoro de calma y de serenidad, consérvame entre tus manos, hasta el día en que me conducirás a las puertas del Paraíso!

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