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La soledad de Cristo y nuestra propia soledad

Con la celebración del Domingo de Ramos nos disponemos a iniciar la semana mas importante del año
litúrgico y de la vida de todo cristiano, a tal punto que la llamamos Santa. En ella se revela el Hijo del Padre,
pues hasta entonces era uno más del pueblo, si bien sus prodigios y milagros eran signos de su condición
divina, es en el misterio de la Cruz y en la gloriosa Resurrección donde se nos revela como el Cristo que debía
venir para dar su vida por todos.

En el domingo de Ramos en el que conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jesusalén comenzamos
a caminar junto a él, el camino de la Salvación, los hechos de la Semana Santa nos conducen a ella.
Nos encontramos con un Jesús que montado en un asno es vitoreado por un importante grupo de personas
que sale a recibirlo, al grito de “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21, 1-11), sin embargo la multitud que lo
ovaciona será la que pedirá a gritos su crucifixión y muerte en cruz.

Junto al misterio de dolor al que es conducido aparece una de las características tal vez mas propias del
mismo: la soledad. Nunca sufrimos los sufrimientos de los demás, en tal caso sentimos por ellos, ni otros
pueden sufrir nuestro dolor, sino que somos cada uno quienes sufrimos por nosotros.

A medida que avanza la semana Jesús va quedando cada vez mas en soledad, de la multitud pasa a la casa
de María, Marta y Lázaro, luego a la reducida comunidad de los discípulos en la que siente que será traicionado
por uno de ellos, por lo que el dolor de la traición hace aún más dura de llevar la pesada carga, para
encontrarse con la difícil realidad de tener que hacer su mayor acto de entrega, pues toda su vida fue una
auténtica entrega a la misión del Padre. Es en soledad como debe soportar los fuertes azotes, la represión
no solo física sino también verbal, la burla y el desprecio, en esas condiciones debe cargar su propia Cruz a
conciencia de que camina hacia su propia y dolorosa muerte. “En Jesús, la compasión de Dios alcanza su
máxima expresión. Él es la compasión divina hecha hombre”. *

La heroica paciencia con la que Cristo afronta su Pasión y muerte por nosotros, en espera de su Resurrección,
nos invita a reflexionar sobre nuestra propia soledad. Aparece como algo que nos asusta, pues su valoración
en nuestra sociedad actual, acostumbrada a lo masificado y ruidoso, es negativa, pero a identificación de Aquel
que supo llevarla con fortaleza se nos presenta como una oportunidad, cuando no un medio, para encontrarnos
con nuestra propia cruz, con nuestras debilidades, flaquezas, impurezas de nuestra condición humana, a
sabiendas que nuestros sufrimientos, enfermedades tanto físicas como espirituales, dolores y fatigas de la
vida cotidiana o de hechos concretos de nuestra historia, debemos sobrellevarlos en la mas profunda soledad,
sólo cada uno de nosotros sabe con qué cruz carga, no la que exhibimos sino la que verdaderamente
llevamos.

* Comentario de la Biblia de nuestro pueblo a Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9

Es en nuestra sana soledad, desentendiéndola de la solitud permanente y/o de la auto marginación, donde
nos encontramos con el Cristo que quiere redimirnos, que es aquel capaz de sanarnos de nuestras heridas,
a quien debemos ofrecerlas en este tiempo en el que la Iglesia nos propone para ello, seguros de que no
somos sanados ni liberados por nuestra propia virtud sino por la Cruz de Cristo. No quedamos sanados
únicamente por mirar hacia adentro sino por trascender de nosotros mismos hacia lo alto del monte, para
contemplar el misterio de la Cruz, como Moisés y su comunidad que debían mirar la serpiente de bronce
colocada sobre el mástil para quedar purificados (Números 21, 4-9). Mirando hacia afuera, y hacia lo alto,
somos redimidos.

Habiéndonos perdido somos encontrados por Aquel que nos ama, nos busca y nos perdona. La soledad en
la que caminamos con nuestras luces y sombras, y que nadie puede cargar por nosotros, es colmada de la
luz de la Salvación que las purifica. Que en esta Santa Semana, tiempo providencial, aprendamos a cargar
con nuestra propia soledad, como lo hizo Jesús, para que podamos ser renovados por el amor que el Padre
nos tiene y revela.-

EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA
emiliorodriguezascurra@gmail.com


   
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