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El dilema por la Resurrección

Reflexión a partir de la carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-19

El dilema por la Resurrección de Cristo ha estado presente a lo largo de toda la historia.
En los primeros tiempos los griegos acusaban al apóstol Pablo de mentiroso por afirmar este misterio,
les parecía inaceptable ésta afirmación.

Para los judíos de la época también era difícil de comprender y aceptar. Sin embargo, y pese a la expansión
del anuncio cristiano por los cinco continentes, el tema no deja de causar al menos cierto estupor.

Quienes adherimos por la fe y profesamos, anunciamos públicamente, el Misterio de la Resurrección,
cimiento de toda nuestra fe, no pocas veces no llegamos a comprender a ciencia cierta de qué se trata
eso que llamamos resurrección de los muertos. Recurrir a los textos bíblicos, en particular de la teología
paulina para quien el tema de la resurrección junto al del monoteísmo, al dirigirse a un público
mayoritariamente proveniente del paganismo, son dos claves para comprenderlo, parece ser una buena
opción, no sin antes hacer un alto para preguntarnos: ¿qué entendemos, o significa, para nosotros la
Resurrección?

La fe en Cristo Jesús ha llegado a nosotros gracias al testimonio vivo y santo de los apóstoles que dejaron
por escrito su propia experiencia de fe en los libros que hoy componen el nuevo Testamento, por lo que
podemos afirmar que nuestra fe es testimonial y experiencial, pues damos testimonio de aquello que
experimentamos en nuestra vida: “les transmití, en primer lugar, lo que recibí”, les dirá san Pablo a los
corintios al referirse al anuncio de la muerte y resurrección de Cristo sustentado, como afirmará en las
Escrituras, es decir en lo que sus antecesores afirmaron acerca de la venida del Mesías, otorgándole a
su discurso seguridad.

Mensaje que compone el núcleo del anuncio de los primeros cristianos que denominamos kerygma, el cual
es transmitido, recibido y conservado, y su contenido se constituye en objeto de fe: “Evangelio que han recibido
y en el cual permanecen firmes”; y, por consiguiente, es portador y causa de salvación: “por el cual también
serán salvados, si lo guardan tal como se los prediqué”, lo que otorga al tema en cuestión un valor mas alto.

El apóstol asegura que Cristo Resucitado se apareció a Cefas y luego a los Doce, sobre el testimonio de los
apóstoles reposa nuestra fe, y finalmente a mas de mil quinientos hermanos, para luego presentarse ante
Santiago y todos los apóstoles, lo que nos conduce a pensar que el grupo de apóstoles era mucho mas
grande que el de los doce antes mencionados. El último en verlo es él mismo: “que soy como un aborto”,
refiriéndose al modo en que Jesús lo increpa camino de Damasco, lo voltea y lo convierte de perseguidor a
propagador cristiano, transformándole la vida.

Se refiere a su propia persona como “indigno del nombre de apóstol”, sin embargo admite que por la gracia
de Dios puede dar fe de lo que ha visto y oído, no solo por sus propias fuerzas, sino por la fuerza de Dios,
“la gracia de Dios no ha sido estéril en mí”

Al referirse al tema de la resurrección Pablo realiza un juego de preguntas que ayudan a clarificar la validez
del anuncio, y se convierte en causa de fe. Pues la resurrección de Cristo es causa, si él no hubiese
resucitado nosotros ni sus antecesores tampoco, y anticipo de nuestra resurrección. Así, negar la
resurrección de los muertos es negar la del propio Cristo, y negar la Resurrección de Cristo no solo es negar
la nuestra sino afirmar que nuestra fe es vana y no tiene sentido, ¿por quiénes y para qué hubiese muerto
Cristo en tal caso? ¿no lo hizo acaso para salvarnos?

Sin la resurrección del Señor nuestra fe se desvanece y nuestra esperanza toca fondo: “Si solamente para esta
vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión!”, si Cristo
no ha resucitado: “están todavía en pecado”, pues lo cristianos somos redimidos por participar en el misterio
de la resurrección de Cristo, que se entregó y murió por nosotros para luego resucitar trayéndonos la alegría
de la salvación.

Para los griegos de su época que distinguían entre las virtudes del alma y la perdición del cuerpo,
la resurrección inaugura una nueva dinámica en la que Dios integra ambas partes haciendo del hombre
un sujeto integral. La historia de un pueblo, la historia personal de cada uno, es purificada e integrada con
la Resurrección de Cristo. No vivimos luego una vida disociada entre lo que somos exteriormente y lo que
vivimos en nuestra interioridad, sino que hemos sido redimidos y unificados, o re-unificados,
experimentamos el gozo del perdón y de la redención que se traducen en buenas actitudes cotidianas,
en obras de bien y de compromiso cristiano.

Algunas preguntas que pueden ayudar a evaluar el modo en que el misterio de la Resurrección, tan presente
ayer, ahora y siempre, cobra vida en nuestra experiencia como cristianos:

¿En qué momentos experimentamos a Cristo resucitado? ¿de qué manera?

¿Cómo relacionamos este misterio con nuestra vida?

¿De qué formas concretas se lo manifestamos a los demás, a nuestros hermanos de fe y a aquellos que más necesitan de nuestro firme testimonio?

EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA
emiliorodriguezascurra@gmail.com


   
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